Perdonar es más fácil que pedir perdón.

La calidad y la cantidad de tiempo en el Desarrollo Personal.

Hoy me conmovió la historia de una jovencita que decía que ella no conocía a su padre, que había sido criada sólo por su madre y preguntaba: ¿cómo es tener un padre, a que se parece?

Ésta pregunta me hizo recapacitar sobre como, en muchas ocaciones, los adultos en su rol de padres se olvidan de la importancia que tienen como imagen psicosexual, de amor, de ejemplo ante los hijos, y que con actitudes egoistas, de indiferencia, infantiles e inconscientes hacen daño a esos niños haciéndolos sufrir, pagar por desquite de los desacuerdos, enojos que se dan entre los padres y que absurdamente se responsabiliza y culpa a esos niños de las diferencias de pareja, dando como resultado la privación de convivio y de presencia de alguno de los dos padres, argumentandolo como un supuesto castigo emocional hacia con la pareja.

A veces los padres, cuando cometemos algún error, tenemos la justificación de no tener una escuela para padres, que somos humanos, que es valido fallar y con eso esperamos la comprensión y el perdón de nuestros hijos, sin darnos cuenta que lo que ellos realmente necesitan es tan sólo un poco o una mayor atención. Los padres siempre anteponemos el trabajo, el cansancio, el fastidio, el tedio frente a la relación eficiente con los hijos.

Nos olvidamos que somos seres individuales, que los hijos también tienen necesidades, ambiciones, proyectos, metas y que lejos de ayudarlos y orientarlos a su logro, los privamos, los limitamos incluyendo de nuestra presencia, de ese ejemplo tangible que sirva como guía a su desarrollo personal, los resultados que vemos en ellos no es otra cosa que la consecuencia del tiempo en cantidad y calidad que decidamos darles.

¡Ah! pero tiempo es lo que menos tenemos, si no tengo tiempo es por que estoy trabajando , y si trabajo como negro es para darles lo mejor, para que mis hijos no sufran lo que yo sufrí, para que no pasen las carencias que yo pase, y precisamente por que los amo es que yo trabajo así.

¿Te suenan conocidas estas palabras? Nos han enseñado que a los hijos hay que darles calidad y no cantidad de tiempo, pero ¿tu sabes que representa esta idea para ellos?, acuérdate cuando fuiste niño, ¿qué era lo que más deseabas de tus padres?, ¿maltratos, regaños, indiferencia, ausencia? No, y mil veces No, lo que más deseábamos de ellos era verlos junto a nosotros jugando, compartiendo, apoyándonos, escuchándonos. No sólo era la calidad sino también la cantidad de tiempo, el máximo de horas al día para reír, platicar, llorar, ayudar, caer, levantarse pero juntos, tener esa mano amiga siempre atenta, siempre dispuesta para lo que sea necesario.

“En cierta ocasión se encontraban un padre con su hijo en el campo, el niño le decía a su padre que anhelaba ser un héroe y para demostrarlo y convencer a su padre iba a mover una roca que se encontraba por ahí, el niño se acerca a la piedra e intenta moverla, pero su intento fue inútil, su padre para motivarlo le decía: hijo, tu puedes, solo que utiliza todas tus fuerzas, el muchacho volvió a intentarlo con más ahínco, nuevamente, el esfuerzo fue en vano, su padre le repetía tu puedes, utiliza todas tus fuerzas, el chiquillo tomaba fuerzas de flaqueza e intentaba mover la roca, al ver que no logro moverla ni un centímetro, voltea a ver a su padre y muy desilusionado le dice: no pude papá, no tengo las fuerzas necesarias, fue entonces cuando su padre le contesto así: hijo, te dije que usaras todas tus fuerzas, pero nunca me pediste ayuda hijo, nunca lo olvides yo también soy parte de tus fuerzas.”

Tenemos que ser más creativos y administrar mejor nuestro tiempo para con nuestros hijos, quizá a la hora de comer (hacerlo juntos), en la tarde, aunque se llegue cansado, apoyarles en sus tareas, en la noche leer juntos y comentar, los fines de semana ver juntos una película, o disfrutar un viaje, una visita al museo, al parque, un domingo estar en la cama todo el día compartiendo, el tiempo no tiene medida, el tiempo es solo eso, esos años, esos meses, esas semanas, esos días, esas horas, esos minutos, esos instantes que tenemos para gozar y disfrutarnos mutuamente. La soledad más cruel es la que se tiene cuando uno esta acompañado.

Esa ausencia, la irresponsabilidad e indiferencia a sus personas es algo que quedará grabado toda su vida y marcará, por lo menos en mi sí, el saber que ante tal pérdida de tiempo, no hay la posibilidad de enmendar, que tiramos el jarrón y por más que intentemos pegar, juntar o resarcir, el daño ya está hecho.

Ante tal daño muchas veces pienso que es más fácil perdonar, que pedir perdón.

Y en nombre de todos los padres que se identificaron y empatizaron con este artículo, aunque me sea muy difícil externarlo…

HIJOS ¡PERDÓN!

Gracias

Alejandro Sánchez

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